Juan Pablo II sobre la democracia y la subsidiariedad

Tal día como hoy, hace doce años, falleció el ducentésimo sexagésimo cuarto soberano de la Ciudad del Vaticano, el polaco Juan Pablo II.

Quien junto a la ex Primer Ministro británica Margaret Thatcher y el ex presidente estadounidense Ronald Reagan (ambos conservadores) contribuyera a la caída del Telón de Acero y, en 2014, fuera canonizado, también es conocido por ser un defensor convencido del capitalismo, de la economía de libre mercado.

No obstante, no solo hay que remontarse a sus contribuciones en la batalla por la libertad en el Este de Europa, sino al hecho de que tuviera oportunidad de conversar con el economista austriaco Friedrich August von Hayek, con quien ejerciera una influencia que se refleja en una de las encíclicas del antecesor de Ratzinger. Precisamente, me refiero a la obra Centessimus Annus, de la cual se pueden extraer importantes lecciones (citaré algunas a lo largo del artículo).

Voy a centrarme en lo concerniente a la democracia y a su interpretación sobre la subsidiariedad (uno de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, cuyas siglas son DSI), aunque antes, quisiera abrir un inciso para evitar que alguien me arroje a la cara una malinterpretación sobre las concepción de Karol Wojtyla sobre el capitalismo, respecto a lo cual cabe destacar el siguiente fragmento:

[…] ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil? […] Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». […]

De hecho, él mismo señaló que sus críticas “van dirigidas no tanto contra un sistema económico, cuanto contra un sistema ético-cultural.

A continuación, me centraré en los puntos mencionados previamente.

SOBRE LA DEMOCRACIA

[…] Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad. […]. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia[…]

Grosso modo, se puede interpretar que el antiguo pontífice atribuye legitimidad única y exclusivamente a la democracia liberal, a aquella que garantiza un mínimo respeto a las libertades y a principios del Estado de Derecho como la igualdad ante la ley, la presunción de inocencia y la separación de poderes.

En cualquier caso, sin compartir la taxativa crítica del filósofo right-libertarian Erik von Kuehnelt-Leddihn a la democracia, sí coincide con este a la hora de advertir de que dicho sistema político sirve como vía de ascenso para cualquier totalitario, gracias a elecciones libres. Ahora bien, Wojtyla pareceser más incisivo, ya que describe esa pretensión totalitaria de ejercer un férreo control sobre la población (no solo en materia económica, porque también puede ser, por ejemplo, en materia de ingeniería social), ilustrada mediante proyectos como los atentados contra la propiedad, la promoción del pensamiento único y la restricción de la libre iniciativa.

Por lo tanto, se puede considerar que se trata de dejar claro que la dignidad del individuo solo puede respetarse cuando se asuman sus derechos naturales, entre los cuales, están la libertad y la propiedad.

SOBRE LA SUBSIDIARIEDAD

[…] no han faltado excesos y abusos que, especialmente en los años más recientes, han provocado duras críticas a ese Estado del bienestar, calificado como «Estado asistencial». Deficiencias y abusos del mismo derivan de una inadecuada comprensión de los deberes propios del Estado. En este ámbito también debe ser respetado el principio de subsidiariedad. Una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común. […]

Indiscutiblemente, la toma en consideración de dicho principio de la DSI contribuye a la elaboración de un argumentario contra el asistencialismo que no solo se pueda justificar en cuestiones macroeconómicas (que no deben dejarse de lado bajo ningún concepto), sino en cuestiones éticas que no solo promuevan el individualismo (entendido como la antítesis al colectivismo coercitivo, a la filosofía del socialismo), sino también una actitud de solidaridad para con el prójimo (fundado en el segundo mandamiento de la ley de Dios).

Es deber ético-moral de la sociedad civil ayudar al necesitado, empezando por la familia y por el resto de integrantes del círculo más íntimo (por ejemplo, amigos y vecinos), además de potenciar la labor de las asociaciones de voluntarios y de tener en cuenta la generosidad de muchos no necesariamente ofertando bienes y servicios de mucho menor coste, sino haciendo obras de caridad no condicionando remuneración alguna a lo que tengan que hacer. Por cierto, hay que tener en cuenta que la ayuda privada siempre tiende a canalizarse con más eficiencia y justicia que la estatal.

Sin embargo, la subsidiariedad no solo ha de defenderse a fin de promover la caridad, sino como un argumento en base al cual amortiguar el dirigismo estatal. Así pues, abogar por este principio también implica defender roles de la institución de la familia que el Estado aliena -e incluso destruye-. Los padres no tienen libertad absoluta para elegir cómo, dónde y cuándo han de ser educados sus hijos ni, en muchos casos, para adoptar medidas de corrección comportamental a sus hijos (por ejemplo, prohibirle salir de fiesta este fin de semana).

Por tanto, ¿qué debe hacer el Estado? No se trata de crear pseudoderechos. Tengamos en cuenta que el sector privado es el único que genera prosperidad (empleo y riqueza), por lo que el Estado tan solo debe garantizar la máxima flexibilidad a las empresas y la libertad de oportunidades de todo individuo. Las ayudas estatales no solo suponen un mayor riesgo de desequilibrio presupuestario y más impuestos, sino que también desincentivan la búsqueda de empleo y cualquier otra clase de iniciativa privada.

En conclusión, las teorías de Papa Juan Pablo II demuestran no solo la compatibilidad catolicismo-capitalismo, sino la posibilidad de defender con perspectiva moral el libre mercado.