Patriotismo sí, europeísmo nihilista no

Hace unos días, dijo Albert Rivera, ese político que no se atreve a prometer la garantía de libertad lingüística así como tampoco el desmontado del entramado político-administrativo nacional-catalanista, que deseaba que sus hijos vivieran en los “Estados Unidos de Europa”.

Sí, es cierto. En su formación, Ciudadanos, están obsesionados con la promoción del europeísmo y los “valores europeos” como antítesis a la secesión -«de iure»- de Cataluña (la reforma constitucional que aprobarían junto al resto del mainstream la garantizaría «de facto»), cosa que llegaron a equiparar a la salida del Reino Unido de la Unión Europea (Brexit).

Independientemente de que uno sea euroescéptico o europeísta (no es mi caso el segundo), sin necesidad de una bien nivel de cultura política, habría que saber distinguir los conceptos y los hechos adecuadamente.

La Unión Europea -que no Europa- es una entidad supranacional no limitada a garantizar un área de libre circulación de personas, mercancías, bienes y capitales, sino un ente intervencionista y proteccionista (un mercado único no es implícitamente abierto) que cada vez aliena más soberanía de los Estados miembros. El continente europeo incorpora a más países.

No se trata de una realidad histórica soberana, a diferencia del Reino de España, con siglos y siglos de historia e identidad propia, como resultado de una unión contractual entre los reinos de Castilla, León, Granada y Navarra. Ahora bien, creo que “debo comprender” a esos europeístas tergiversadores: ellos reivindican el Estado Único Europeo.

No obstante, me llama la atención una cuestión. El establishment progre-socialdemócrata europeísta, del que forma parte uno de los principales pregoneros europeístas del tetrapartito español, insiste machaconamente en la preservación de los valores europeos. Sin embargo, mantienen una postura, al parecer, harto contradictoria.

La Unión Europea es lo que es, como se ha sugerido previamente. Europa es un continente, con cierta heterogeneidad cultural (por ejemplo, a nivel lingüístico, entre latinos, eslavos y germánicos principalmente) y sociológica, mucho más notable que la que pueda haber en Estados Unidos y Canadá.

No obstante, existe un nexo común a todos los países europeos: el cristianismo (aunque haya diversas interpretaciones a lo largo del continente: catolicismo, protestantismo y corriente ortodoxa). Viene a tratarse también del pilar de las libertades civiles y derechos fundamentales de los que los europeos, como occidentales, disfrutamos a día de hoy.

Empero, el establishment europeísta previamente mencionado lleva años incurriendo en la negación del cristianismo (por ejemplo, se evita mencionarlo en los tratados europeos) mientras que sucumbe ante el marxismo cultural que pretende erosionar la base cristiana occidental, imponiendo los criterios de la ideología de género, la cultura de la muerte y el multiculturalismo.

Dicho esto, por dejar claras ciertas cuestiones, lo que buscan ciertos políticos y corrientes intelectuales es promover un “europeísmo” basado en el intervencionismo (se pretende centralizar el poder en las instituciones bruselenses) y el nihilismo (se niega la herencia judeocristiana y se pretende diluir cualquier clase de identidad nacional).

Y yo, pues me opongo a esa concepción política. Soy euroescéptico. Prefiero que se ingrese en la Asociación Europea de Libre Comercio, donde solo prima el principio de libre comercio, que se retorne al patrón oro y se abra la puerta a medios de cambio no estatales y que se decreten tratados comerciales unilaterales, que no armonicen normas ni excluyan al Tercer Mundo.

Mientras tanto, apuesto por un ferviente sentimiento patriótico (no implica esto ser leal a un fisco expoliador ni secundar la exclusión e intervencionismo característicos del nacionalismo). Apelo a mis compatriotas a sentirse orgullosos de ser españoles. Somos una realidad con siglos de historia, clave en el Siglo de Oro y responsable de llevar la civilización occidental a las Américas.

Defiendo una España unida, fuerte, de ciudadanos libres, sin entidades que solo han contribuido a dar oportunidades de ingeniería social a aquellos que pretenden quebrantar nuestra unidad de manera liberticida y excluyente aparte de complicar la vida diariamente a las familias y las empresas, elementos clave de la prosperidad de una sociedad.

Si defiendo unos valores europeos, esos son los frutos de la herencia judeocristiana. Quiero que los europeos dejemos de “apearnos” de la historia. Debemos revertir esa tendencia decadente (“suicidio de Europa”). Deben primar el respeto a la subsidiariedad y la dignidad humana. Parafraseando a San Juan Pablo II: “Europa, vuelve a encontrarte, sé tú misma”.

Dicho esto, se puede defender la integridad de una de las Naciones más antiguas del mundo frente a un nacionalismo liberticida, golpista y excluyente al mismo tiempo que se pretende mantener su identidad frente a un proyecto supranacional, intervencionista, nihilista y artificial.