Las lenguas: menos oficialidad, más espontaneidad

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[…] Si bien es cierto que la oficialidad suele tener la buena intención de demarcar legalmente cuál es la lengua que identifica a una nación residente en cierto territorio, esta puede ser utilizada para “justificar” imposiciones lingüísticas. A modo de ilustración, el caso del bable, una lengua que prácticamente nadie habla en Asturias.

No es nada utópico que el idioma de un país se reconozca tan solo de facto. Un ejemplo de ello son los Estados Unidos de América, donde ningún idioma cuenta con reconocimiento de iure alguno a nivel federal (ni angloparlantes ni hispanoparlantes necesitan de normativa legal alguna para beneficiar a sus respectivas lenguas).

En conclusión, si somos conscientes de que no hay nada mejor que retirar competencias a los socialistas de ingeniería social (entre los que figuran los nacionalistas) para evitar que puedan atropellar las libertades civiles de individuos y familias (en este caso, respecto a lo lingüístico).