España vuelve a caer en manos del Frente Popular

Aunque con la excusa de la corrupción -precisamente, del caso Gürtel-, el líder socialista Pedro Sánchez ha conseguido, a través de una moción de censura, lo que era su sueño: gobernar España a pesar de perder elecciones, en base a la fórmula del Frente Popular, coalición izquierdista consolidada en la Segunda República.

Sí, se ha reeditado esta fórmula. Gracias a los comunistas de PODEMOS, que tienen nexos con tiranías como la venezolana y la iraní, y también en 2018, gracias a los enemigos de la integridad y unidad de España, entre los cuales podemos encontrar al brazo político de la banda terrorista ETA y al bloque que ha perpetrado un golpe de Estado en Cataluña.

Pablo Iglesias ya le ha exigido al líder del PSOE medidas propias de un gobierno izquierdista antisistema y reaccionario, no ya solo por el ansia de dinamitar la Nación Española, sino también por cuestiones económicas y por el interés en implantar una república que para nada se asemejaría a los estándares propios de una democracia liberal o una dictadura libertaria.

Además, quien ya negociara con Mariano Rajoy una reforma constitucional que garantizare la secesión de facto de Cataluña, promete “dialogar” respecto a una Cataluña que seguirá gobernada por golpistas y unas Vascongadas cuyos principales partidos nacionalistas consideran ya el desafío estatutario y buscan anexar por la fuerza Navarra.

Luego, en economía, podemos imaginarnos qué clase de medidas adoptará este nuevo gabinete: subidas tributarias por un valor muy elevado a todas las clases, altas restricciones al mercado laboral, más trabas burocráticas, un incremento mayor del gasto público y nulo respeto a la propiedad privada. Luego, la libertad de conciencia y de expresión también peligran.

No obstante, bajo cierto punto de vista, todo esto supondrá un refuerzo considerable de la acción y estrategia política del PP bajo quien ha estado siendo presidente del Gobierno, desde 2011. No basta con afirmar que, ciertamente, España ha dejado de tener un gobierno de centro-izquierda a estar bajo la extrema izquierda.

Mariano Rajoy, y todos sus acólitos, tanto a escala nacional como autonómica, se negaron a librar la batalla ideológica liberal-conservadora contra la hegemonía izquierdista que define, entre otras cosas, la sociología de nuestro país. Tampoco se hizo otra cosa que no fuera mantener el legado ideológico del socialista Rodríguez Zapatero.

En vez de rebajar considerablemente la presión fiscal y burocrática, recortar el gasto público, liberalizar sectores con contundencia y derogar leyes como la del aborto y la de Memoria Histórica, no se ha dejado de presupuestar gastos ni de subir impuestos, y se ha avanzado en el adoctrinamiento “progre”, promoviendo la imposición de la ideología de género.

Por ello, sin olvidarnos de la traición a las víctimas del terrorismo (excarcelando a terroristas) y las continuas cesiones a los nacionalistas periféricos en vez de desmontar entramados como el nacional-catalanista, desde 2013, ha habido una considerable sangría de afiliados y de escaños en el partido.

Hoy, el PP está muy lejos de esa mayoría absoluta que consiguió en 2011, precedida de un amplio poder a escala autonómica, provincial y municipal. Pero es lo que ocurre cuando los gobernantes, independientemente de su grado de imperfección, claudican de su deber ético-moral de estar a la altura.

Mientras que en Hungría, recientemente, el nacionalista-conservador Viktor Orbán ha revalidado su mayoría absoluta, como premio al cumplimiento de sus compromisos electorales e ideológicos, alejando al país del establishment progre-socialdemócrata y los aliados de Soros, el PP ha incrementado la probabilidad de un gobierno frentepopulista.

De hecho, un Rajoy más contundente a la hora de seguir en la poltrona que a la hora de desafiar a las hordas izquierdistas y separatistas, podría haber bloqueado, mejor dicho, torpedeado este intento de toma neocomunista de las instituciones presentando su dimisión, lo cual hubiera complicado las cosas a Sánchez y hecho muy probables unas nuevas elecciones.

Pero nada, este gobernante se ha negado completamente a tener un mínimo de lealtad con la Nación Española. Ahora bien, ¿qué debemos de tener en cuenta ante esta nueva situación quienes aparte de amar a nuestra Nación y defender sus tradiciones, somos de derechas con total orgullo?

Convenciendo de ello también al resto de la derecha sociológica española, hay que dejar de temer a la dictadura de la corrección política y de pedir perdón por existir. También es hora de ser lo suficientemente esnobistas para conformarnos con líderes de izquierda moderada como podrían ser Albert Rivera o Manuel Valls.

Es hora de librar una batalla ideológica contundente, influyendo en la opinión, contra el intervencionismo estatal (abogando al menos por reducirlo a su mínima expresión), contra el comunismo (batalla dialéctica), contra los enemigos de la Nación Española y contra los marxistas culturales y otros enemigos de la libertad, de España y de Occidente.

Nuestro ideal debe de ser una España libre e independiente, orgullosa de sus valores católicos así como de su historia y sus tradiciones, respetuosa con principios como los que definen la subsidiariedad y la cultura de la vida. Queremos un país de ciudadanos libres, con una sociedad floreciente, con familias sólidas, marco respetuoso con el orden espontáneo.

Una vez dicho todo esto, ha de quedar claro que ante el preocupante futuro que le espera a la Nación Española, por culpa de hordas socialistas-comunistas, ayudadas de otros enemigos de España, no valen la rendición y el acomplejamiento. Una aguerrida reacción cívica es importante a la hora de luchar por la libertad de España y de los españoles.